Hoy rendimos un pequeño pero sentido tributo a Magdalena Salavarria. Su reciente partida nos invita a detener el tiempo para recordar no solo su labor, sino el alma que imprimió en cada uno de sus saberes.
Este homenaje encuentra su voz en las palabras de Nideska Suárez, escritora que, con la delicadeza y precisión que la caracterizan, logra capturar la esencia de Magdalena.
Este escrito forma parte fundamental del libro «Una arepa para el futuro» (2024), una obra dedicada a rescatar el valor cultural y afectivo de nuestra gastronomía. En el, Nideska compara las historias de Alicia Allas y Magdalena Salavarria de manera brillante, aquí les colocamos esta bella semblanza que habla mucho del carácter de Magdalena.

Las musas de la cocina venezolana
Por: Nideska Suárez
Dos nombres, dos sabores, dos maneras de conjurar la magia frente a los fogones que se complementan para dar brillo a la cocina venezolana: Alicia Allas y Magdalena Salavarría. De Irapa, la primera; de Güiria, la segunda, llevaban la sazón en la punta de los dedos.
No solamente eran paisanas provenientes del mismo estado y municipios vecinos, sino hermanas en el arte de la cocción.
Ambas emprendieron el camino desde el estado Sucre hasta la capital para terminar convertidas en musas de dos grandes sibaritas: José Rafael Lovera y Armando Scannone. Dos paladares exigentes que no pudieron evitar caer rendidos ante la sazón de dos cocineras innatas, que si bien no se formaron en el rigor de la academia, traían en su ADN la medida exacta para cada receta.
Dicen que todo artista tiene su musa y la de Scannone fue Magdalena Salavarría. Una historia que comienza muchos años atrás con la llegada de Magdalena a casa de la familia Scannone para hacerse cargo de los fogones. Ella logró hacer el maridaje perfecto con el exigente paladar de Scannone, quien desde niño desarrolló una ferviente inclinación por la sazón criolla.
La recopilación de su saber no fue tarea fácil. Magdalena, bendecida con el don del sabor, no sabía de medidas, sino de intuiciones: la pizquita, el puñito, un poquito de… Para convertir algo innato en un manual, se requería la sinergia entre la ingeniería de Don Armando y la arquitectura de Magdalena. Aquello fue pesar, medir, probar y volver a probar.
Fue así cómo surgió la «Biblia» de la gastronomía venezolana, el Libro Rojo, entre cuyas tapas se encuentra gran parte de la esencia de la cocina de Magdalena.
Como bien señala su discípula Mercedes Oropeza: *»Tendría que haber un Libro Negro, que sería el libro de Magdalena con todos los secretos para que las cosas nos quedaran igual que a ella. Porque Magdalena es una mujer de Güiria, de sabiduría popular, una mujer muy humilde y siempre tenía un secreto bajo la manga»*.
Quienes los conocían, no dudan en afirmar que había magia entre el maestro y su musa. Cuando Magdalena se sentaba a fumarse su tabaco en el patio, nadie sabía cómo lo hacía, pero el almuerzo estaba listo puntualmente a las doce y media. *»Magdalena sabía leer a Don Armando, ella sabía qué le gustaba y qué no, además sabía cómo y cuándo consentirlo con el cariño y respeto que se tenían mutuamente a través de la comida»*, nos cuenta José Luis Álvarez.

Más allá de las recetas, nos queda el recuerdo de una mujer auténtica, sencilla y leal. El homenaje más grande a su vida es seguir cocinando con el mismo amor y respeto que ella imprimió en cada bocado. Su sazón no solo alimentó a una familia; nutrió la identidad de todo un país.>>
Extracto del artículo

Inmenso legado de Magdalena Salavarria
La historia de Magdalena es solo una muestra de la riqueza cultural que guardamos en nuestro recetario tradicional.
Muchas gracias Magdalena por tus sabores.
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